domingo, 29 de enero de 2012

Caín


Cain
José Saramago



Por primera vez Saramago no inventa soluciones increíbles para problemas imposibles, esta vez el premio Nobel se lanza a reescribir el más clásico entre los clásicos: El Antiguo Testamento.

La vejez le ha regalado una lengua suelta y un par de cojones para usarla. Reescribe y cuestiona las historias más célebres del Antiguo Testamento, las obliga a doblegarse ante la lógica racional unas veces y otras ante su propia ilógica religiosa. Constantemente lanza preguntas incómodas para la fe y cuestiona la supuesta bondad de las acciones de Dios, pero la única respuesta que recibe a cambio es la inescrutabilidad de los designios divinos. Entonces Saramago lanza en boca de Caín una exigencia: Dios debería ser todo claridad, basta de ocultaciones y medias respuestas.
Finalmente Caín logra debatir con Dios, es la conversación que espera toda la humanidad: el hombre defraudado pide cuentas a Dios. Pero la historia deja al lector ávido de las respuestas de Dios y no es que Saramago saque poco jugo a este debate final, es que, ¿quién puede responder por el Divino?

No merece menos de un Excelente.

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